El pájaro que no pidió ser Coronavirus.

Érase una vez un pájaro llamado COVID-19 que durante toda su vida, vivió en una cárcel de 19 x 13 x 25cm. Apenas podía extender sus alas y servía de canto y entretenimiento para sus dueños, los humanos. Un «amor» mal enfocado que le hizo someterse a un letargo de encarcelamiento normalizado por la sociedad. Ahora es el pájaro quien mira a sus humanos y quién en un intento desesperado, les hace entender que cómo es posible que ellos no sean capaces de quedarse en casa. Mientras tanto el pájaro tras sus barrotes impuestos, sueña con volar. Sueña con poner en práctica su naturaleza arrebatada. Sueña con alzar sus alas hacia un lugar donde nadie más vuelva a meterlo en una jaula.

El Coronavirus nos ha cambiado la vida. Y la razón.

Hemos sido sacudidos por un virus. Por «algo» que no somos capaces de ver a simple vista y que tanto daño nos está haciendo. Un virus que sin previo aviso, se ha colado en nuestras vidas y nos ha puesto todo del revés. Nuestra vulnerabilidad se expone ante nuestro miedo. La incertidumbre azota nuestro día a día y caemos en la trampa de pensar en un futuro que debemos construir a través de un presente responsable.

Nos hemos dado cuenta de que realmente no éramos tan importantes.

Siempre hemos ido por la vida creyéndonos dueños y señores de todo cuanto nos rodea. Hemos sometido a la Naturaleza y a los animales, a prácticas exhaustas y a límites imperdonables. Y ahora, nos toca a nosotros. Nos toca quedarnos en casa. Nos toca hacer balance. Nos toca hacer un ejercicio de honestidad. Nos toca sacar nuestro lado más creativo y más humano. Nos toca pedir perdón. Nos toca pensar y poner en práctica qué podemos hacer para ayudar a los demás y sobre todo, nos toca saber qué podemos aprender de este desastre. Muchas personas perderemos el trabajo y lamentablemente, muchos ya han perdido la vida.

Ahora nos preocupa quedarnos «encerrados en casa». Ahora más que nunca amamos nuestra libertad. Ahora más que nunca echamos de menos dar paseos, tomarnos una caña en un bar o hacer deporte al aire libre. Cuando antes posiblemente ni hacíamos. Ahora echamos de menos todo aquello que echábamos de más.

El planeta está mejor sin nosotros.

Todo en la vida tiene su lado positivo y este, nuestro parón, le está haciendo mucho bien a La Tierra. El cese de gran parte de la industria y la reducción del uso de transportes está haciendo que el planeta se tome un respiro. La crisis del coronavirus ha reducido un 25% las emisiones de CO2 en China. Así mismo, unas imágenes cedidas por la Agencia Espacial Europea (ESA) muestran una disminución significativa en Italia de la concentración de contaminantes como el dióxido de nitrógeno. Por su parte, la NASA también ha mostrado imágenes de uno de sus satélites que revelan caídas drásticas en el dióxido de nitrógeno, debido a la pausa de las industrias y a que millones de personas nos quedábamos en casa.

La contaminación del aire en muchas partes del mundo, incluyendo España, bajará de manera drástica en estos días. Esta reflexión debería hacernos pensar en que no lo estábamos haciendo bien. Sometimos nuestro hogar al ocaso y quizás aún estemos a tiempo de salvarlo. De salvarnos.

Volviendo al pájaro encerrado en una jaula.

La metáfora del pájaro refleja una sociedad que hoy vive inmersa en un caos por el hecho de no poder salir de casa. ¿Acaso no es lo que hacemos con la inmensa mayoría de los animales que habitan este planeta?

  • El pájaro que nunca voló debido a nuestro caprichoso deseo de tenerlo enjaulado en casa.
  • Las vacas, los cerdos, los pollos, las ovejas y cualquier animal para consumo humano, que no vieron más que las paredes que hacinaban sus vidas hasta morir cruelmente asesinados en el matadero.
  • Los bebés que son arrebatados de sus mamás para que luego podamos bebernos su leche. Y comernos la «tierna carne» de animales de escasos meses de edad.
  • Los peces que nadaban en una pecera ridícula dando vueltas sobre sí mismos. Y los que durante toda su vida vivieron en piscifactorías.
  • Los animales de circos, acuarios, delfinarios y/o zoológicos. Su exposición a un público caprichoso y ciego, les sometió a una esclavitud y cautividad vestida de entretenimiento moderno.
  • Las pieles que visten a las marcas más prestigiosas del mundo. Pieles que les arrancamos sin piedad a los animales vivos. Pieles que abrigan nuestra falsa moral mientras donamos cientos y miles de euros a otras causas perdidas.
  • Animales de compañía a los que abandonamos sin mirar atrás.
  • Colonias de gatos, de perros, de cualquier animal que imagines, a los que despreciamos por el mero hecho de vivir en la calle. Y hoy somos nosotros los que daríamos la vida por estar en ella.
  • Y un sinfín de pájaros en jaulas…

Ahora, nosotros estamos viviendo nuestro particular infierno. Y salvando las distancias de todas esas personas que no tienen un hogar, que están perdiendo sus vidas, que están perdiendo sus trabajos, de todas esas personas que están solas, de todas esas personas marginadas, maltratadas, que mueren de hambre o de sed, de todas esas personas que están en guerra (que ahora lo estamos todas), cómo es posible que no seamos capaces de darnos cuenta que lo que la humanidad ha hecho con los animales y con la naturaleza, es infinitamente peor que lo que el coronavirus está haciendo con nosotros.

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